vendredi 20 décembre 2013

Vasallaje y servidumbre en el siglo XXI

Vasallaje y servidumbre en el siglo XXI x Belem Grandal De esta manera hablamos de relaciones sociales de servidumbre del siglo XXI, con un sistema capitalista y patriarcal definido por su letal neolibieralismo De conocer algo sobre la historia de la Edad Media comprenderemos los términos que acabo de mencionar en el título de este artículo. Estos dos términos se refieren a un tipo de relaciones sociales de dependencia dominante durante la Edad Media. De una parte el vasallaje como relación social que estipulaba un pacto entre nobles y entre estos y el Rey. Se establece pues una pirámide con vínculos de dependencia en que el nobre de mayor rango otorga un feudo (tierras) por la obediencia y servicio (militar) al señor noble de menor ranto y el señor noble de categoría superior ante el Rey. Sin olvidar las disputas por el poder entre Señores feudales, ya que muchos de los grandes Señores feudales disponían de mayores posesiones que el propio Rey y como consecuencia mayor poder jurídico-administrativo, militar y político entre sus súbditos. También no es posible dejar de mencionar a la alta jerarquía eclesiástica y órdenes religiosas que poseían grandes propiedades. No es que queramos analizar aquí las relaciones sociales de dependencia en la Edad Media pero, si, queremos comparar las relaciones sociales de dependencia en esta época medieval con las actuales relaciones de dependencia para observar con atención las diferencias y similitudes y encontrar aquellas huellas que impiden soltar el lastre y dar por finalizado para siempre un sistema de dependencia y dominación que está impidiendo la libertad efectiva de los seres humanos tanto en su individualidad tanto como ser social. Es así que, además de hablar de relaciones de vasallaje, estipuladas como ya he dicho sólo para las clases nobles, existía otro tipo de relación de dependencia en el que se encuadrava la inmensa mayoría de la población, el campesinado, denominada relaciones de servidumbre. Estas eran las relaciones dominantes, ya que la inmensa mayoría de la población era campesina. El campesino era un semiesclavo aunque no fuese vendida o vendido con la tierra, estaba adscrito a ella y debía cumplir unas obligaciones impuestas por su amo o Sr feudal (nobles de diferente categoría). Los campesinos/as debían cultivar la tierra y entregar al Señor una parte de esa cosecha además de realizar una serie de servicios, incluso prestar ayuda militar. Este noble podía decidir también en muchos aspectos sobre la vida diaria e íntima de sus siervos. Es así que existía un alto grado de dependencia respecto del Sr. feudal pudiendo hablar casi de una semi-esclavitud. Pero ahora queremos encontrar aquellos elementos comunes entre la servidumbre de la Edad Media y las relaciones sociales existentes en el siglo XXI y la nueva servidumbre. Ciertamente en este siglo XXI los campesinos y campesinas son sustituidas por clase trabajadora asalariada pero continúan sufriendo una situación de dependencia respecto de su amo, antes Sr. feudal y ahora Sr. burgués. El gran burgués estipula también unas relaciones de dependencia con la mediana burguesía y esta a su vez con la pequeña burguesía, lo que podemos denominar vasallaje, aunque sin contrato estipulado ni juramento de fidelidad. Del campesino/a a la trabajadora asalariada/o Del Sr feudal (noble de diferentes categorías) al Sr. burgués Se suceden muchos siglos desde la época del Medievo en que evolucionan los tiempos y con ellos los términos, cambian las formas, y las condiciones sociales, económicas y políticas también evolucionan, pero en el fondo las relaciones de dependencia continúan existiendo y consolidándose. Una dependencia que impide la libertad tanto individual como social de los seres humanos para decidir por sí mismos. Una dependencia extensible a los pueblos y naciones subsumidas en la homogeneidad de los Estados negadores de la diversidad nacional y negadores de su riqueza y diversidad social y cultural. La clase trabajadora asalariada es el nuevo siervo del siglo XXI. Esta clase trabajadora debe cumplir un contrato estipulado de manera unilateral por el Sr. burgués en que tienen que desarrollar una serie de tareas para el nuevo amo a cambio de un salario que le permite la subsistencia además de poder continuar a regenerar su clase, perpetuando así el sistema capitalista y por lo tanto las relaciones sociales de poder, dependencia y dominio. Mantiene pues una dependencia respecto del Sr burgués. El amo burgués decide el trabajo que debemos realizar y decide también las pautas, condiciones de su desarrollo, además de decidir sin cualquier obstáculo o principio moral en que momento debemos abandonar su empresa dejándonos sin algún sustento y entrando en muchas ocasiones a formar parte de la lista de excluidas y excluidos sociales. Es pues la dependencia una forma de relación social de poder y dominio que continúa su existencia y consolidación en pleno siglo XXI y que impide cualquier liberación. Esta dependencia tiene que ver con la existencia de clases sociales, burguesía y proletariado. La existencia de una clase que se encuentra en el nivel superior de la pirámida, la gran burguesía capitalista, mediana burguesía y pequeña burguesía. Estas dos últimas rinden vasallaje a la gran burguesía a través de la inestimable colaboración que les prestan, mientras estas tienen asegurado su bienestar y calidad de vida. Podemos ver como a pesar del paso del tiempo, hay elementos que permanecen y otros que se modifican adaptándose a las circunstancias, a la evolución y modernización de los tiempos, de la técnica, de las sociedades, de las mentalidades y de los conocimientos. Sin embargo la fórmula de dependencia se encuentra bien estudiada y analizada por las estructuras de poder económicas y sus leales servidores -gobiernos- para continuar este dominio de las clases poderosas sobre la inmensa mayoría de la población. Las relaciones de dependencia estipuladas en la Edad Media difieren porque en esa época aún no había surgido el capitalismo. Pero si, existían unas clases poderosas, los nobles, que se encargaban de extraer lucros gracias a la explotación en condiciones de semi-esclavitud de los campesinos/as. En el capitalismo continúan existiendo y consolidándose dichas relaciones de dependencia porque son las más idóneas para conseguir el máximo lucro posible de estas clases burguesas gracias a la explotación de la clase trabajadora asalariada. Siempre que existan unas relaciones de dependencia, siempre que exista cualquier tipo de dependencia o dominación jamás será posible hablar de libertad. El acceso a la libertad pasa por dejar fuera el lastre de la dependencia, pasa por la existencia de una moral autónoma que permita decidir por nosotras/os mismos, de decidir como seres tanto individuales como sociales, dejando a un lado la minoría de edad y cualquier tutela de poderes superiores. La dominación, explotación y opresión son expresiones de las relaciones sociales de dependencia existentes entre las clases poderosas y la inmensa mayoría de la población. Hay elementos que permanencen a lo largo de los siglos, pero existen otros elementos que evolucionan por las circunstancias, por los avances de la técnicas, de los conocimientos, por la evolución de las sociedades y mentalidades, y por el surgimiento de unas clases sociales que sustituyen a las anteriores además de otro sistema que acaba imponiéndose y que vendrá a sustituir al feudalismo, el capitalismo. Se adaptan pues las formas de dependencia pero permanecen en el fondo aspectos esenciales que permiten sustentar y perpetuar el poder de unas clases sobre otras. De esta manera hablamos de relaciones sociales de servidumbre del siglo XXI, con un sistema capitalista y patriarcal definido por su letal neolibieralismo, con democracias burguesas en sus gobiernos y en la búsqueda de una homogeneidad social y de una moral heterónoma que encuadra a la inmensa mayoría de la población en un proceso de minoría de edad perpétua. Con todo esto sólo es posigle hablar de una falta total de libertad tanto individual como social de la humanidad en el siglo XXI. La dependencia de la Edad Contemporánea del Siglo XXI, no es más que un tipo de relaciones sociales que se expresa en el dominio, opresión y explotación de la inmensa mayoría de los seres humanos por élites. Quiere esto decir, la dependencia de la clase trabajadora por una clase, la clase burguesa, con el objetivo de extraer el máximo lucro posible. La única posibilidad de perpetuar estas relaciones sociales de dependencia es a través de: – Construcción de una homogeneidad social y cultural que destruya cualquier diversidad enriquecedora tanto individual como social. – Anulando la conciencia propia e introducción de una conciencia superior heterónoma, encuadrando la inmensa mayoría de la población en un proceso de minoría perpétua en que no es posible decidir por sí mismos. – Represión contra la clase trabajadora si las dos primeras no funcionan a través de medidas que restrinjan cada vez más los derechos y libertades de la población. – Proceso de fascistización de los gobiernos para impedir cualquier respuesta de la población o levantamiento contra los poderes establecidos. Y la única posibilidad de aniquilar cualquier relación social de dependencia y por lo tanto la explotación, dominación y opresión es a través de: – Eliminación de la pirámide que divide a la sociedad en clases sociales diferenciadas unas supeditadas a las otras a través de las relaciones sociales de dependencia. – Construcción de una diversidad enriquecedora tanto individual como social para crecer como personas – Creación de una conciencia propia, quiere esto decir, autónoma que permita a la población su integración en un proceso de mayoría de edad con el objetivo de decidir por sí mismos un presente y un futuro en total libertad. – Alcanzar una sociedad en que el único dominio existente sea: La igualdad de todos los seres humanos, equidad en el reparto de la riqueza siempre vinculado a la sustentabilidad de nuestro entorno, solidaridad entre todas y todos, además de la independencia tanto individual como social de los pueblos y naciones, la construcción del socialismo y por lo tanto erradicación del patriarcado uno de los pilares esenciales del sistema capitalista. Entre estas dos posibilidades existe una gran diferencia: En la primera de ellas se estipula un sistema de relaciones sociales de dependencia. Cualquier dependencia tiende a expresarse através de una dominación, opresión y explotación del ser humano por una élite poderosa y así extraer de su trabajo el mayor lucro posible acumulando cada vez más riquezas en unas pocas manos. En la segunda posibilidad tiene necesariamente que ser eliminada cualquier diferenciación social y por lo tanto las relaciones de dependencia se desvanecen con lo que ya sería imposible cualquier expresión de dominio, opresión y explotación. Esto tiene que vincularse directamente con la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción y del capital. Esta sociedad tiene que ir construyendo a través de un proceso revolucionario, el socialismo, basado en la liberación total de todos los pueblos y naciones que así lo deseen, liberación así mismo de todos los seres humanos y como consecuencia su independencia que implica dejar al margen tutelas impuestas para decidir un presente y un futuro más feliz.

mardi 3 décembre 2013

Las verdades del ecoturismo en Chiapas

Dolores Camacho Velázquez publicado por Desinformémonos México. Los centros ecoturísticos que operan en comunidades chiapanecas, apoyados por el gobierno, lo hacen bajo la lógica del mercado, lo cual trae destrucción de la naturaleza y de las relaciones sociales. No resuelven el problema de la pobreza, al contrario, crean otros como divisiones, violencia y exclusión. Pero además todo indica que es el inicio de una forma soterrada de privatización de los recursos naturales, porque esos pequeños grupos que cuentan con la autorización para explotar los recursos, en pocos años fracasan, lo que lleva a una etapa de privatización. El turismo siempre fue importante para los planes de desarrollo de los gobiernos chiapanecos, pero a partir del gobierno de Pablo Salazar Mendiguchía (2000 a 2006) se convirtió en sector estratégico para el desarrollo del estado. La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) y el gobierno del estado, a través de las oficinas de Turismo y de Fomento Económico, con el financiamiento del Proyecto de Desarrollo Social Integrado y Sostenible en la Selva Lacandona (Prodesis)[1] [1] unieron esfuerzos para apoyar el desarrollo del turismo. En el “Proyecto Chiapas Visión 2020” -en operación desde 1998 para impulsar el desarrollo del estado, según sus gestores-, se identifica al turismo como el sector estratégico para el desarrollo estatal y se especifican las acciones necesarias para lograrlo, que incluyen planes para construcción de infraestructura para atraer a más turistas. El plan señala que “su misión es identificar, desarrollar y promover proyectos y/o acciones estratégicas que contribuyan al desarrollo de la competitividad regional, con la colaboración efectiva de los principales autores, actores y beneficiarios del desarrollo, basada en los valores de bien común, subsidiariedad y solidaridad.” El Proyecto fue revisado en 2012, con la participación de los gobiernos estatal y federal, hoteleros y agencias de viajes. No encontramos por ningún lado a los indígenas y campesinos que habitan las zonas turísticas que pretenden explotarse -y perjudicarse, si se piensa en la construcción de infraestructura carretera en sus territorios. Ahí se habla de la creación de centros ecoturísticos sustentables, pero esos conceptos no están definidos para entender claramente sus particularidades. En ese marco se aplicó el Prodesis, uno de los proyectos más apoyados en el gobierno de Pablo Salazar y difundidos por Luis H. Álvarez, comisionado de la CDI durante el gobierno federal de Felipe Calderón. Como resultado surgieron infinidad de los llamados centros ecoturísticos, que en el papel tienen la finalidad de apoyar a comunidades indígenas y campesinas que cuentan con recursos naturales con posibilidad de ser explotados para este fin. Los lugares con aguas y bosques fueron los elegidos. Los proyectos plantean que las propias comunidades se organicen para ofrecer servicios al turismo, y se les ofertan apoyos para la construcción de infraestructura como carreteras, cabañas, hoteles, etcétera, a la vez que se promocionan en el mundo como centros ecoturísticos. Esto atrae a paseantes que buscan la aventura y lo “alternativo”. La integración de las comunidades fue el plus. En un documento presentado por la Red de Turismo de Chiapas Ecotours y Etnias OIT 2008, en un encuentro organizado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en el mismo año, la Red indica la forma en que las comunidades indígenas que prestan servicios turísticos se integran a la red de prestadores de servicios. Existen agencias de viajes, y algunos de los llamados proyectos ecoturísticos -sobre todo aquellos ubicados en la Selva Lacandona-, en los que se habla de una nueva forma de integración entre sectores sociales, prestadores de servicios privados y gobierno para implementar proyectos de servicios turísticos. Sin embargo, nuevamente son los prestadores de servicios profesionales los principales beneficiarios. No queda claro cómo las comunidades o ejidos se benefician de esos proyectos. Al preguntar en algunos de los centros ecoturísticos sobre la Red, los pobladores indican que sólo saben que hay intermediarios que se encargan de llevarles a grupos de turistas, que cobran por el servicio y son los encargados de pagar a las cooperativas por lo ofrecido. La diferencia entre lo que cobran los intermediarios por los recorridos y lo que pagan a las cooperativas que dan el servicio es enorme, es decir, los menos beneficiados son los que aportan el trabajo y los que tienen el derecho sobre los territorios. Conflictos intracomunitarios Otro tema igual de preocupante son los conflictos que surgen en diversos centros ecoturísticos, incluso aquellos que tienen muchos años funcionando. Uno de ellos es el caso de las cascadas de Agua Azul, donde los beneficiarios -ejidatarios de ejido del mismo nombre- se enfrentan con campesinos de Bolon Ajaw (zapatistas que no aceptan que el río sea explotado con fines comerciales, y mucho menos al proyecto de construcción de infraestructura hotelera que afectará a toda la zona); y con el ejido de Bachajón ( simpatizantes zapatistas miembros de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona), en cuyas tierras se encuentra la carretera de ingreso al balneario y quienes tampoco comparten la visión empresarial de los ejidatarios de Agua Azul. En el conflicto están involucradas autoridades estatales y federales, como la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (administra la caseta de Agua Azul) y la Procuraduría Agraria, que interviene en prácticamente todos los conflictos de este tipo para apoyar a los grupos defensores de estos proyectos. Como sucedió en 2008 en el Caracol de Roberto Barrios, un grupo de habitantes del ejido retomaron el ofrecimiento de Luis H. Álvarez para crear un centro ecoturístico, acción que dividió a la población; después de muchos años de no tener comisariado ejidal por mantener la resistencia, realizaron una asamblea para nombrarlo. De acuerdo con la denuncia de los ejidatarios que se oponen al proyecto, la reunión no cumplió con las normas legales, pero aun así fue validada para dar sustento jurídico al proyecto. La autopista San Cristóbal-Palenque, proyecto del gobernador Juan Sabines, es otro ejemplo en el que las autoridades crean conflictos para imponer proyectos. Marchas, manifestaciones, cierres de carreteras, encarcelados, heridos y hasta muertos son algunos de los resultados; la resistencia logró detener la construcción de la carretera, pero el trabajo de división sigue y las autoridades actuales anunciaron que el proyecto seguirá con algunas modificaciones al trazo original. Indicaron que negocian con comunidades para evitar conflictos, pero si no logran convencerlos se aplicará el derecho que tiene el gobierno de expropiar las tierras. Es decir, los proyectos avanzan con la justificación de que es lo mejor para las comunidades sin importar los conflictos que generan. No hay esfuerzos en la parte oficial por entender que los significados de la tierra en las poblaciones campesinas e indígenas constituyen entramados culturales de gran complejidad. Por esa razón, los proyectos “de desarrollo” que implican el uso de los recursos naturales se convierten en conflictos, pero además propician violencia cuando -como vimos en los ejemplos anteriores-, las políticas gubernamentales intentan destruir tales significaciones. La justificación utilizada por el gobierno es que el principal problema en el medio rural es la pobreza y debe abatirse a cualquier costo, en vez de ubicar que la pobreza existe por la concentración de la riqueza. Señala el periodista Raúl Zibechi que “se ha instalado la idea de que los pobres son el gran problema de las sociedades actuales, ocultando así el hecho incontrastable de que el problema central es la acumulación de capital y de poder en un polo, porque desestabiliza y destruye todo rastro de sociedad”[2] [2]. Como formas de atacar la pobreza se crean proyectos en el medio rural, pero estos van dirigidos en buena medida a destruir lo que aún queda en las zonas rurales indígenas -la riqueza natural- y las relaciones sociales. Ya no se trata sólo de programas de combate a la pobreza focalizados y compensatorios que consisten en dar recursos a la población que se encuentra en la línea de la pobreza; ahora, con un nuevo discurso, se trata de convencer a los indígenas de que su condición de campesinos es lo que los mantiene pobres y les ofrecen recursos y asesorías para que aprovechen los recursos naturales de sus comunidades para crear sus propias fuentes de empleo, como es el caso de los centros ecoturísticos. Exclusión, violencia y deterioro ambiental Al ahondar en la forma en que se organizan los grupos que administran los centros ecoturísticos, nos percatamos de que son unos cuantos los beneficiados, no toda la comunidad. En lugares promocionados como Las Nubes y las Guacamayas, los grupos son muy pequeños, se trata de personas de la comunidad que decidieron arriesgarse con el proyecto. Para ello abandonaron sus actividades campesinas y se convirtieron en meseros, camareros y administradores. En el caso de Las Nubes –ubicado en el río Santo Domingo y al borde de la Selva Lacandona- las cabañas están semidestruidas; no funcionó como el negocio que se les ofreció a los cooperativistas. Por otro lado, los pobladores no beneficiados con el proyecto acusan al grupo de haberse apropiado de tierras comunitarias para explotar el centro ecoturístico. En Las Guacamayas –ubicado en las márgenes del río Lacantún, dentro de la Selva Lacandona- en algunas épocas de año el hotel está lleno pero normalmente no tienen visitas. Esto indica un bajo nivel de ingresos, que hace que los beneficiarios del proyecto no permitan a los habitantes de la comunidad ofrecer el servicio de hospedaje y alimentación a los visitantes, algo que sí hacían antes de ser declarado centro ecoturístico. El problema no es el turismo en sí -incluso los zapatistas lo tienen como una actividad económica en algunos sitios. El problema es pretender que el turismo es la única opción en detrimento de otras formas de vivir en el campo; si el turismo es la única alternativa, el turista se convierte en prioritario, por lo que debe construirse infraestructura para su comodidad sin importar que con ello se destruyan comunidades enteras. Hay otras formas de ofrecer servicios turísticos sin dañar la naturaleza ni las relaciones sociales, y esta opción no crea conflictos porque se ofrece lo que ya existe -las bellezas naturales en su estado actual- y son las comunidades quienes se organizan para tal fin. Los centros ecoturísticos que operan apoyados por el gobierno, lo hacen con lógicas de mercado, lo cual trae destrucción de la naturaleza y de las relaciones sociales. No resuelven el problema de la pobreza, al contrario, crean otros como divisiones, violencia y exclusión. Pero además todo indica que es el inicio de una forma soterrada de privatización de los recursos naturales, porque esos pequeños grupos que cuentan con la autorización para explotar los recursos, en pocos años fracasan, lo que lleva a una etapa de privatización de los espacios a través de convenios con empresas turísticas nacionales e incluso internacionales. Ya hay casos donde hoteleros profesionales manejan hoteles “comunitarios”, como en la comunidad lacandona.